jueves, 5 de junio de 2008

Taiko


Los tambores sonaban fuerte. Escondido en las penumbrias de una amplia entrada, Haruto Matsushiro sudaba fríamente en una noche frenética. Alrededor de él, dispersos por las calles y moviéndose como sigilosas serpientes se hallaban sus verdugos. Haruto ya no pensaba en el negocio que salió mal, ni en su familia, ni siquiera en los numerosos planes que había trazado para evitar esta situación. No no, Haruto sólo pensaba en que en cualquier momento, en cualquier esquina iba a morir. La corbata lo estaba sofocando, con una mueca de desesperación energética se aflojó el nudo y largó un silencioso suspiro. Salió de su escondite y se movió con la precaución de un zorro rodeado de lobos. Caminó pegado a la pared, siempre entre la sombra, siempre sin hacer el menor ruido. Observó la esquina, nada, observó la otra esquina, nada. A 97 pasos de sus zapatos, un hombre de traje fino con unos diminutos y afilados bigotes terminaba de ajustar un silenciador a su Walther PPK recubierta de oro. Su mera presencia en el lugar causaba que innumerables gotas de sudor rodasen por la frente del perseguido. Los tambores seguían sonando, Haruto los oía más que nadie o, más bien, era el único que los oía. A 80 metros de él oyó un sonido que le heló la sangre, el inconfundible desliz de la corredera de una pistola al cargar el primer cartucho en la recámara. Comenzó a correr en puntas de pie, casi cayendo, pero en un desesperado silencio. Corrió 50, 60 metros, hasta que un ruido líquido bajo sus pies lo delató. Clavó sus ojos en la esquina, estaba demasiado oscura, el agudo reflejo de un katana iluminada por la luna cortó el aire y se enterró en su hombro izquierdo. Con la misma facilidad para entrar, la hoja salió rápidamente dejando atrás una herida de la que brotaba sangre y esperanza. Cayó al suelo, gritó: "Kuso, a... amai bakemono". Miró al cielo, 42 pasos más tarde unos diminutos bigotes bloquearon su visión. "Shinei..." y la contenida implosión del primer cartucho fue lo último que Haruto Matsushiro oyó. Los tambores dejaron de sonar.

2 comentarios:

jiim dijo...

todavía no encontré ninguna baldosa pintada, pero he pisado varias en un día de lluvia, y la verdad, resulta irritante!
apoyo tu causa, pero más que nada, tus tan reales historias escritas por acá...


un abrazo grande!

ivana gonzález dijo...

jaja estuviste muy biennnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn