jueves, 26 de junio de 2008

Casa de muñecas


Lutardo pensaba en suicidarse aproximadamente 10 veces a lo largo del día. Imaginaba cómo se volaba la cabeza y cómo toda su frustración, su odio, su miseria y su falta de esperanza matizaba junto con su sangre los caros vestidos que le había comprado a aquella mujer con la que vivía y por la que ya no sentía absolutamente nada. La frustración... la imaginaba como a una diminuta persona subiendo los escalones de su miseria. Había llegado al punto en el que incluso salpicar con café su camisa le agotaba, la gente que está cayendo en el vacío de la desesperación suele ser así. La suerte se le había agotado hace tiempo, si es que alguna vez la tuvo, y su corazón se congelaba con cada minuto que pasaba. Camino a su casa siempre se chocaba con los carteles y pisaba baldosas sueltas, cuando esto sucedía se detenía unos 5 segundos y se tragaba el momento, lo almacenaba en su cajón de la desesperación, cajón que ya rebalsaba de contenido. Al atravesar el umbral de su casa siempre pensaba lo mismo. Llegaría, iría al cuarto, agarraría la pistola, llamaría a su mujer y cuando esta se encuentre frente a él, se volaría la cabeza, manchando sus vestiditos, y con un poco de paradójica suerte, a ella también. Pero del mismo modo que pensaba esto y apenas entraba a su casa, su pequeña hija de 4 años venía corriendo y abrazaba su muslo con sus diminutas manitas. En ese exacto momento, al igual que cada día, su corazón se derretía y luchaba enormemente por contener sus lágrimas. Lutardo no era un cobarde, pero la mera visión de su hija, la única cosa que había hecho bien en la vida, le quitaba todas las ganas de morir.
Por las noches se encerraba en el baño y le escribía largas cartas, en caso de que algún día se canse de verdad y la barrera que esta levantaba sea demolida en pos del descanso absoluto. Le explicaba que la amaba con todo su corazón, y que de hecho era lo único que amaba en esta asquerosa vida. Le pedía que la perdonase, incontables veces. Le pedía fuerzas para resistir, le pedía que fuera feliz. También le comentaba acerca de la fórmula de la felicidad, tan simple y tan complicada a la vez, ya que era el amor. Y el amor es complejo, y la falta de él nos carcome poco a poco. Una vez finalizadas las cartas, las escondía cuidadosamente en la casa de muñecas que ella ya no usaba. Volvía a su cuarto y lloraba en un punzante silencio.
Un día encontró sobre la cama una carta, era una solicitud de divorcio y entre las líneas que tanta indiferencia le causaban leyó que la custodia de su hija no sería compartida, la muy puta alegaba que él no era apto para esa tarea. Su marco depresivo, su miserable trabajo y su falta de emotividad le hacían el candidato perfecto para no ver más a su hija. Esa noche le costó muchísimo terminar su carta, en parte por las lágrimas que iban corriendo la tinta, pero sobretodo porque una diminuta persona dentro suyo había terminado de subir unas largas escaleras.
Al día siguiente no fue al trabajo. Su hija se encontraba en el colegio y él se encontraba con una fría determinación. Escribió una pequeña nota. Se sentó en su cama. Pensó 15 segundos. Llamó a su mujer, y cuando esta apareció tiñó su expresión de sorpresa con litros de roja angustia reprimida. Sobre la almohada de la pequeña yacía una nota que decía: "Te amo, nunca te voy a dejar sola".

miércoles, 25 de junio de 2008

Welcome to the Dhaca Experience


Bien, en un principio dije que este blog iba a estar dedicado a la difusión de material de mi banda.
Ahora ¿qué tenemos nosotros de especial?. Para empezar nosotros cuando "ensayamos" no lo hacemos en realidad, simplemente creamos. Improvisamos absolutamente todo lo que hacemos y al ser sólo una guitarra y una batería nos damos el lujo de escapar a la estructura coherente de la música. ¿Influencias? Supongo que todo aquello que entra por nuestros sentidos, aunque CAN fue un gran catalizador. Para más información acerca de bandas que deben escuchar antes de ser aplastados por una caja fuerte marca Acme visiten el blog del baterista, es un barbudo copado (http://sergiogigliopc.blogspot.com/). Bueno, sin más que decir adjunto el link de los dos temas que hemos grabado.

Welcome to the Dhaca:

http://www.youtube.com/watch?v=eHqaivRUSUE

Sandbox:

http://www.youtube.com/watch?v=ShdjrBpfgpo

Preguntas que nos hicieron:

¿De dónde viene el nombre Dhaca?
- Básicamente son las siglas de lo que se te cante. Sergito (baterista) sostiente que es "Donde Hay Agua Corre Aire", yo sostengo que es "Donde Había Afecto Cimenté Apatía", Andy sostiene que es "Después Haremos Arena Con Acero", etc. Cada uno le pone su nombre, porque esa es la idea, no tenemos que encasillarnos en nada, ni siquiera en un nombre.

¿Por qué no meten a más tipos locos como ustedes en la banda?
- Porque no los encontramos, claramente. Sin embargo vivimos experimentando con distintos músicos y el tiempo dirá si la formación permanece en un dúo dinámico o un ménage à trois musical o una orgía instrumental.

Preguntas que no nos hicieron:

¿Qué onda con los errores que pueden surgir de una improvisación?
- ¿Errores? no papi, es todo parte del tema. La perfección, o al menos la gratificación, la encontramos en la imperfección, que hace nuestra música más humana (?).

¡La pucha que son conceptuales! ¿Aplican eso a los temas también?
- Claro está. De hecho el segundo tema de este post surgió en base del concepto "niños de 5 años jugando en un arenero" de ahí el nombre "Sandbox". Sí, somos re vivos.

¿Cuánto calzan?
- Yo 41, Sergito creo que 40.

¿Tienen algún tipo de formación musical profesional?
- No, sino estaría ganando millones eclipsando al salame de Giardino. Ambos miembros aprendimos a tocar de forma autodidacta, yo intenté dos veces con profesor pero no duró más de 2 meses.

Musicalmente hablando, ¿Cuál sería su sueño?
- Sin duda sería improvisar con CAN o con Damo Suzuki. Por otro lado a mí me encantaría hacerle un duelo de guitarras al pibe de Airbag y humillarlo públicamente. También me fascinaría tomar clases con Paul Gilbert, algún día cuando sea rico.... (not gonna happen).

Bueno, les dejo con una frase muy boluda que emplean los americanos en demasía: Enjoy.



PD: No entiendo bien por qué pero en "Related Videos" aparece uno que dice "Best Sex Ever" y otro que tiene la cara de Hitler. Clara señal de que vamos por buen camino (en el caso de que el video de Hitler sea bardeándolo, sino nos dedicamos al electro-pop)

La fractalidad del follaje


Luego de haber vivido 20 años en la ciudad, Lisandro Maferglis se encontraba obnubilado observando cómo la luz iba descomponiéndose a través de la copa de un árbol situado en la calle Güemes. Hacía ya 5 minutos que se encontraba en la misma posición, con la boca semiabierta y las pupilas totalmente dilatadas descomponiendo el color del más puro rayo de sol. Por primera vez en su vida la ciudad no le parecía tan repugnante, de hecho, sentía como su cuerpo fluía libremente al compás de la armonía recientemente hallada. Le pareció curioso como todas las cosas que uno ignora día a día podían llegar a poseer un encanto tan particular que era capaz de abstraer a la persona por incontables minutos. Cuando el sol comenzó a lastimar sus ojos apartó la vista y la clavó en el suelo, incontables tramas aparecieron ante él. Una pequeña flor al pie del árbol cautivó su atención y se puso en cuclillas para apreciarla mejor. Esta no era una exótica flor de coloridos petalos, ni siquiera una cuya geometría podría maravillar. No, era una simple flor que atrapaba por su humilde encanto y Lisandro, el atrapado, la miraba con los ojos de un niño que descubre el mundo. Porque a fin de cuentas se sentía así, como un infante volviendo a vivir todo por primera vez, y era la sensación más gratificante que jamás había sentido. Nada ni nadie podría haber arruinado ese momento de comunión entre el hombre y la naturaleza, por más ínfima que sea. Ni siquiera esa baldosa suelta que pisó mientras caminaba y que salpicó todos sus pantalones, logrando un hermoso marrón que se movía y se derretía en aleatorios movimientos. Lisandro rió como nunca, rió como loco, pues dentro de su locura se sentía la persona mas lúcida del mundo y comprendió que a veces la locura es eso, un exceso de cordura. Lisandro descubrió ese día que la felicidad sí se podía comprar, y rió una vez más.

domingo, 8 de junio de 2008

Smash


El bate de baseball le dió en el medio de la cara, matándolo casi instantáneamente. Dos semanas atrás Estanislao Curufia se encontraba cenando con su perro. Tenía 26 años y trabajaba en una oficina, actividad que enervaba su ser . En su tiempo libre se dedicaba a iniciar peleas en la calle, no con cualquier persona claro está ya que elegía cuidadosamente a sus contricantes. Las cenas con su perro en su monoambiente le hacían sentir humano, su relación con las entidades concientes se había reducido a eso y no parecía importarle demasiado.
El mejor momento para elegir una pelea era a la noche, a la salida de la oficina, al término de las horas extras que tanto le motivaban a aviolentarse. Trataba de vestirse lo mejor posible para atraer asaltantes, rondaba calles previamente seleccionadas por él. Elegía el cuadrilátero, la hora y hasta a veces el momento. Cuando sucedía, primero trataba de incomodar al ladrón, que a su vez se veía confundido e iracundo por la poca cooperatividad del asaltado. Había un momento en el que Estanislao arrojaba el primer golpe, dicho momento sucedía cuando ya pasaba el suficiente tiempo como para que una persona armada desenfunde para acelerar el asunto, caso contrario, se trataba de combate mano a mano.
La noche del 7 de Junio comenzó como cualquier otra, salió de la oficina a la 1 y decidió tomar el camino largo para su casa en Villa Crespo. Le pareció curiosa la falta de jóvenes agresivos en busca de cualquier cosa que se pueda vender por la calle, no los vió en los habituales lugares de consumo y merodeo lo cual encendió un poco más su sed. A unas cuadras de su casa notó que alguien le seguía, se dió vuelta casi inmnediatamente y en pocos segundos se vió enfrentado con un joven de su estatura cuya cara se encontraba casi escondida bajo una capucha. "Escuchame bien negrito, dame todo lo que tengas o te cago a palos", Estanislao esbozó una tajante sonrisa y en tono despectivo contestó "¿No sos muy criollo para ser xenofóbico?, hoy pisaste la baldosa equivocada". Antes de que el jóven incluso piense en cómo contestar a tal atrevimiento, el puño cerrado de Estanislao se clavaba fuertemente cerca de su dorsal derecho, causándole una falta de aire inmediata. Sin embargo, esta tampoco era la primera pelea del jóven, que rápidamente empuja a Estanislao y se incorpora inhalando profundamente. Frente a él, este oficinista iracundo se quita el saco con fuego en sus ojos. El jóven se arroja contra su víctima, ahora su atacante, y ambos caen al suelo, Estanislao logra ubicarse encima de él y aplasta con el peso de su cuerpo concentrado en su codo la nariz del contrincante, que ciego por el golpe y la sangre que comienza a brotar queda notablemente reducido. Quince fuertes patadas después, el oficinista asaltado deja casi inconciente a un jóven cubierto en sangre. Acababa de castigar a la persona incorrecta, como comprobó 2 horas y media más tarde, al bajar a comprar cigarrillos. A sólo 3 cuadras de su casa se volvió a encontrar con el jóven, esta vez con abundantes servilletas llenas de sangre en sus manos y con 3 amigos. En ese instante Estanislao se percató de que el pequeño en cuestión pertenecía a un grupo de pelados iracundos, y de los malos. Un grupo que definitivamente entraba en su rango de gente que golpearía... si se trataba de uno solo. Lo cierto es que la situación era inevitable y como toda persona carente de análisis racional situacional y sobrante de adrenalina, Estanislao se lanzó velozmente sobre uno de los jóvenes que esperaban encontrarse al agresor para cobrar venganza y que, por esa noche solamente, tuvieron demasiada suerte. Apuntando sus golpes a la garganta del muchacho mientras rodaba por el suelo, Estanislao sintió cómo un borcego calibre 42 con punta de metal impactaba en su costillar izquierdo, despegándolo de su azotado enemigo, quien se levantó fugazmente para incorporarse en la lluvia de patadas que se cernía sobre el alocado oficinista. El hombre de los borcegos metalizados se alegró muchísimo de haber salido esa noche con su bate de baseball de madera, a la usanza de la vieja escuela. En el preciso momento en el que un hombre común se entregaría al destino, Estanislao juntó todas sus fuerzas y desde el suelo derrumbó con una patada al portador del bate. Con la misma velocidad, pero limitado por las palpitantes heridas que cubrían su cuerpo, agarró el bate y con la fuerza de un animal acorralado lo apuntó a la rodilla de quien le seguía pateando. El distintivo y seco sonido de un hueso astillándose fue prosegido por una serie de alaridos que perforaron la quietud de la noche. Nuestro ofinista admiraba su mórbida obra cuando una pesada bota descendió sobre su cabeza, aplastándola contra el pavimento. Estanislao perdió en ese momento la movilidad de sus extremidades y mientras se desangraba, una mano levantó su cabeza por el pelo simplemente para que observara cómo el jóven que previamente había deformado horas atrás se acercaba con el bate en la mano. Siete días más tarde su perro moría de inanición.

jueves, 5 de junio de 2008

Taiko


Los tambores sonaban fuerte. Escondido en las penumbrias de una amplia entrada, Haruto Matsushiro sudaba fríamente en una noche frenética. Alrededor de él, dispersos por las calles y moviéndose como sigilosas serpientes se hallaban sus verdugos. Haruto ya no pensaba en el negocio que salió mal, ni en su familia, ni siquiera en los numerosos planes que había trazado para evitar esta situación. No no, Haruto sólo pensaba en que en cualquier momento, en cualquier esquina iba a morir. La corbata lo estaba sofocando, con una mueca de desesperación energética se aflojó el nudo y largó un silencioso suspiro. Salió de su escondite y se movió con la precaución de un zorro rodeado de lobos. Caminó pegado a la pared, siempre entre la sombra, siempre sin hacer el menor ruido. Observó la esquina, nada, observó la otra esquina, nada. A 97 pasos de sus zapatos, un hombre de traje fino con unos diminutos y afilados bigotes terminaba de ajustar un silenciador a su Walther PPK recubierta de oro. Su mera presencia en el lugar causaba que innumerables gotas de sudor rodasen por la frente del perseguido. Los tambores seguían sonando, Haruto los oía más que nadie o, más bien, era el único que los oía. A 80 metros de él oyó un sonido que le heló la sangre, el inconfundible desliz de la corredera de una pistola al cargar el primer cartucho en la recámara. Comenzó a correr en puntas de pie, casi cayendo, pero en un desesperado silencio. Corrió 50, 60 metros, hasta que un ruido líquido bajo sus pies lo delató. Clavó sus ojos en la esquina, estaba demasiado oscura, el agudo reflejo de un katana iluminada por la luna cortó el aire y se enterró en su hombro izquierdo. Con la misma facilidad para entrar, la hoja salió rápidamente dejando atrás una herida de la que brotaba sangre y esperanza. Cayó al suelo, gritó: "Kuso, a... amai bakemono". Miró al cielo, 42 pasos más tarde unos diminutos bigotes bloquearon su visión. "Shinei..." y la contenida implosión del primer cartucho fue lo último que Haruto Matsushiro oyó. Los tambores dejaron de sonar.

viernes, 30 de mayo de 2008

De aventureros y diamantes


"Son las once y este hijo de re mil puta no aparece". Olga se había cansado de sentarse a esperar a Osvaldo para comer. Era una cruda coincidencia, cada vez que Olga preparaba su famosa tarta de jamón y brócoli, cuyo ingrediente primordial era la atención y el afecto que volcaba en la misma, su marido decidía retrasarse y eventualmente no aparecer. El teléfono parecía mirarla desde la cómoda cercana, Olga alternaba su atención entre el reloj de agujas y el teléfono. Mientras su ira alcanzaba un pico todo el ambiente se congeló un segundo o una eternidad. Olga se levantó decidida, agarró su abrigo, y salió a la calle. Al atravesar el umbral se percató del estado de confusión en el que se encontraba. Aturdida, casi orando o más bien pensando muy alto en tono de súplica, solicitó a algún ente superior cualquier tipo de señal significativa que le diese una respuesta a su problema.
Caminando con paso apurado, atenta a todo estímulo sensorial, Olga aguardó. Mientras pasaba una montañita de bolsas de residuos, su milagro la golpeó, visualmente hablando. Un diminuto tallo surgía del desagüe más cercano y exhibía una orgullosa flor. En ese instante Olga observó que hasta en una pila de basura puede hallarse algo hermoso y de ese modo optó por una visión optimista y siguió caminando ahora rumbo a su casa. La noche estaba hermosa, su quietud sólo podía ser interrumpida por la seca y casi silenciosa explosión de una baldosa suelta bajo los pies de alguna víctima, que esa noche resultó ser Olga. Mientras una expresión de congestionamiento emocional negativo se apoderaba de su cara, maldijo por dentro el haberse puesto pollera. Entre el rechinar de dientes y la renovada ira corriendo por sus venas, tuvo otra iluminación y esta vez resolvió que por más optimistas que se vean las cosas hay otras tantas cosas que son inevitables, que son invariables, certeras y condenadamente esporádicas.
Al llegar a su casa, con la bombacha empapada y la cabeza hirviendo, se encontró a Osvaldo comiendo una comida previamente abandonada por ella y casi ni siquiera alzando la vista para corrobar que se trataba de su mujer y no de un vikingo homicida o algo así. Olga se acercó hasta el y clavándole los ojos en el medio de sus pupilas tiró violentamente su plato al piso y le dijo en tono cortante y corrosivo "Tenés 40 segundos para irte de mi casa, hijo de re mil puta...". Osvaldo, con la cara del culpable y el asombro en su mirada inclinó levemente la cabeza. 20 segundos más tarde se encontraba fuera de la casa, nunca había visto a su mujer así.

jueves, 29 de mayo de 2008

Saturnino García Paz era un hombre feliz


Un tipo alegre, divertido, elocuente. Así describían al "Satu" las personas que lo conocían.
Una mañana de Mayo Saturnino se levantó sabiendo que su vida cambiaría para mejor. Su trabajo no era del todo genial, más bien, una rutinaria tortura que licuaba su cerebro y le mataba anímicamente día a día. Todo esto acompañado de una renumeración insignificante. Pero hace dos días un amigo al que no veía hace mucho le consigió una entrevista en un importante banco al que ofrecía servicios de consultoría, era la oportunidad perfecta para darse a conocer y mejorar su calidad de vida. Decidió usar ese traje que fue lo único que su difunto padre pudo darle. Una prenda impecable de Yves Saint Laurent.
El desayuno de ese día sabía perfecto, las tostadas se quemaron un poco pero aún así tenían el sabor de la victoria, el sabor de la reivindicación. Salió de su casa, caminó derecho por Viamonte. Le encantaba esa calle, era céntrica pero tranquila y los edificios tenián un no se qué que le llenaba el alma. Mientras admiraba el paisaje, a punto de pasar por el Coto y a dos cuadras de su entrevista, notó como algo explotaba bajo suyo. Un furioso líquido negro, lleno de furiosa mugre y odio empapó sus impecables pantalones y arruinó sus rutilantes zapatos. Saturnino García Paz había sido víctima de las infames "baldosas sorpresa" porteñas. Al llegar a la entrevista, con su cara asemejándose al tomate más maduro, miró a los ojos de su entrevistador y este mantuvo la mirada unos 2 segundos, el tiempo necesario como para bajar la vista y apreciar la indecorosa presentación de su entrevistado.
-¿Usted es conciente del renombre de esta empresa y del porte y presencia que esperamos y exigimos de nuestros empleados, no?
- Por supuesto, pero déjeme decirle que fue un accidente y que de hecho yo no...
La mano en alto del entrevistador interrumpió su excusa. Una mirada fría y penetrante lo atravesó como una katana recién forjada.
- Si escuchase las incesantes excusas de toda persona que me decepciona estaría ya metido en un monasterio. Trabajo en un banco, y al igual que los números, debo ser exacto y preciso. Usted no cuadra con el tipo de persona que buscamos para nuestra institución, le pido encarecidamente que se retire y no me haga perder más el tiempo.
Saturnino se alejó cabizbajo y camino a su casa se detuvo unos 3 minutos para dedicar todo el odio que había engendrado en tan corto tiempo a esa baldosa que arruinó su oportunidad de progresar. Debería volver a su pozo, y acostumbrarse a él.



Esta fue por vos Satu...