"Son las once y este hijo de re mil puta no aparece". Olga se había cansado de sentarse a esperar a Osvaldo para comer. Era una cruda coincidencia, cada vez que Olga preparaba su famosa tarta de jamón y brócoli, cuyo ingrediente primordial era la atención y el afecto que volcaba en la misma, su marido decidía retrasarse y eventualmente no aparecer. El teléfono parecía mirarla desde la cómoda cercana, Olga alternaba su atención entre el reloj de agujas y el teléfono. Mientras su ira alcanzaba un pico todo el ambiente se congeló un segundo o una eternidad. Olga se levantó decidida, agarró su abrigo, y salió a la calle. Al atravesar el umbral se percató del estado de confusión en el que se encontraba. Aturdida, casi orando o más bien pensando muy alto en tono de súplica, solicitó a algún ente superior cualquier tipo de señal significativa que le diese una respuesta a su problema.
Caminando con paso apurado, atenta a todo estímulo sensorial, Olga aguardó. Mientras pasaba una montañita de bolsas de residuos, su milagro la golpeó, visualmente hablando. Un diminuto tallo surgía del desagüe más cercano y exhibía una orgullosa flor. En ese instante Olga observó que hasta en una pila de basura puede hallarse algo hermoso y de ese modo optó por una visión optimista y siguió caminando ahora rumbo a su casa. La noche estaba hermosa, su quietud sólo podía ser interrumpida por la seca y casi silenciosa explosión de una baldosa suelta bajo los pies de alguna víctima, que esa noche resultó ser Olga. Mientras una expresión de congestionamiento emocional negativo se apoderaba de su cara, maldijo por dentro el haberse puesto pollera. Entre el rechinar de dientes y la renovada ira corriendo por sus venas, tuvo otra iluminación y esta vez resolvió que por más optimistas que se vean las cosas hay otras tantas cosas que son inevitables, que son invariables, certeras y condenadamente esporádicas.
Al llegar a su casa, con la bombacha empapada y la cabeza hirviendo, se encontró a Osvaldo comiendo una comida previamente abandonada por ella y casi ni siquiera alzando la vista para corrobar que se trataba de su mujer y no de un vikingo homicida o algo así. Olga se acercó hasta el y clavándole los ojos en el medio de sus pupilas tiró violentamente su plato al piso y le dijo en tono cortante y corrosivo "Tenés 40 segundos para irte de mi casa, hijo de re mil puta...". Osvaldo, con la cara del culpable y el asombro en su mirada inclinó levemente la cabeza. 20 segundos más tarde se encontraba fuera de la casa, nunca había visto a su mujer así.
